césped verde

Tengo frente a mi a un hombre que dice ser mi padre biológico. Su pelo es rubio, sus ojos cargados de lágrimas son color azul claro. Su manos están temblando, su voz también. Lo miro confundida, pues no nos parecemos en nada. Sigo escuchándolo hablar. Su historia tiene sentido pero pienso en el hombre que me crío, en el hombre al que le dije papá durante toda mi vida. Seguramente no me diría la verdad aunque la supiera. 
Mi nuevo padre es gentil, me pide permiso para tomar mi mano derecha y se disculpa por no haber sabido esto antes. Por no haberme imaginado, por no haber estado para mí. Pienso que si nada de esto fuera real, por qué habría de perturbar mi tranquilidad. Por qué alguien vendría a darme semejante baldazo de agua helada si no fuera real. 
Me promete que nunca me hará falta. Le creo. Algo en su forma de hablar me dice que debo creerle, o por lo menos intentarlo. 
Me pide que salgamos al patio de la casa donde estamos. En el césped verde me muestra una moto y me pasa un casco. Me lo pongo y me invita a manejar. Sonrio.
Mi nuevo padre, me dibuja caminos en el césped para que recorra con la moto. Tomo el primero. Me despierto. 









fuerza

Tengo una caja enorme en brazos. Mi marido y mi bebé están apartados y yo voy juntando objetos en esta caja de dimensiones extrañas para la longitud de mis brazos. Guardo: nuestros perfumes, el canasto de cambio de pañal, guardo remeras, anteojos de sol, control remoto, libros, cuadernos, lapiceras. Los voy guardando mientras recorro la casa en la que estoy. Busco detrás del aparato de tv, sobre mesas, en cajones. Sé qué busco y dónde está. Cuando terminó el recorrido, organizo lo recolectado en un mueble que supera mi altura. En la parte de arriba lo cubrimos con una lona azul para contener. 
Mi marido que estuvo entreteniendo al bebé hasta el momento, ya se encuentra dentro de una camioneta que nos va a llevar a nuestra casa. Tengo que subir al bebé y acercar el mueble. Alguien me grita que me va a ayudar a hacerlo pero no veo quién es. 
Tomó a mi bebé en brazos que me mira a los ojos con una sonrisa ancha como sus cachetes y con el otro brazo maniobro para tomar el mueble. Llegamos a una bajada entre el cordón de la calle y la vereda. El mueble se aliviana y sigo camino a la camioneta con los brazos llenos. Me despierto. 

zanahorias

Nos mudamos a una casa que perteneció a otras personas que desconocemos. Somos una familia de 4 conformada por mi marido, mi hijo de 3 o 4 años, el bebé de 8 o 9 meses y yo.
La casa estuvo cerrada mucho tiempo y en los ambientes se siente el encierro, el aire denso y la pesadumbre. Abro todas las ventanas y veo la luz bañar los cuartos. Al parecer, mantuvimos mobiliario de los dueños anteriores, esto ya lo viví.
Por alguna razón, aún no encontramos el comedor de la casa por lo que probamos almorzar y cenar en distintos espacios. La casa es enorme y nos permite esa aventura. 
En uno de los almuerzos, que se siente de fin de semana, nos encontramos usando el borde de un piletón de cerámicos blancos como asiento; adentro encajamos una mesa pequeña de madera maciza que calzó perfecto. El escenario es raro pero sorprendentemente cómodo y funcional para acto de comer. 
Una vez que tenemos los alimentos servidos, el más grande de mis hijos pide probar una especie de masa con semillas de sésamo negro. Le alcanzamos una parte y lo prueba. Es curioso y lo observamos descubrir la textura nueva. El bebé come una papilla color naranja, está contento y se tira encima de las cucharas que están en camino hacia su boca. 
Al terminar, me acerco a una especie de mesada que hay sobre una de las paredes y dejo los platos. Todo ese cuarto tiene mosaicos blancos y noto que casi toda la escena es en colores neutros excepto la comida del bebé. A mí derecha, noto un paquete con zanahorias del naranja más estridente que haya visto. Las zanahorias son enormes, coloridas y perfectas; contrastan con el resto del espacio como si fuera un elemento que pertenece a otro momento o lugar. Me despierto.