Tengo una caja enorme en brazos. Mi marido y mi bebé están apartados y yo voy juntando objetos en esta caja de dimensiones extrañas para la longitud de mis brazos. Guardo: nuestros perfumes, el canasto de cambio de pañal, guardo remeras, anteojos de sol, control remoto, libros, cuadernos, lapiceras. Los voy guardando mientras recorro la casa en la que estoy. Busco detrás del aparato de tv, sobre mesas, en cajones. Sé qué busco y dónde está. Cuando terminó el recorrido, organizo lo recolectado en un mueble que supera mi altura. En la parte de arriba lo cubrimos con una lona azul para contener.
Mi marido que estuvo entreteniendo al bebé hasta el momento, ya se encuentra dentro de una camioneta que nos va a llevar a nuestra casa. Tengo que subir al bebé y acercar el mueble. Alguien me grita que me va a ayudar a hacerlo pero no veo quién es.
Tomó a mi bebé en brazos que me mira a los ojos con una sonrisa ancha como sus cachetes y con el otro brazo maniobro para tomar el mueble. Llegamos a una bajada entre el cordón de la calle y la vereda. El mueble se aliviana y sigo camino a la camioneta con los brazos llenos. Me despierto.