Nos mudamos a una casa que perteneció a otras personas que desconocemos. Somos una familia de 4 conformada por mi marido, mi hijo de 3 o 4 años, el bebé de 8 o 9 meses y yo.
La casa estuvo cerrada mucho tiempo y en los ambientes se siente el encierro, el aire denso y la pesadumbre. Abro todas las ventanas y veo la luz bañar los cuartos. Al parecer, mantuvimos mobiliario de los dueños anteriores, esto ya lo viví.
Por alguna razón, aún no encontramos el comedor de la casa por lo que probamos almorzar y cenar en distintos espacios. La casa es enorme y nos permite esa aventura.
En uno de los almuerzos, que se siente de fin de semana, nos encontramos usando el borde de un piletón de cerámicos blancos como asiento; adentro encajamos una mesa pequeña de madera maciza que calzó perfecto. El escenario es raro pero sorprendentemente cómodo y funcional para acto de comer.
Una vez que tenemos los alimentos servidos, el más grande de mis hijos pide probar una especie de masa con semillas de sésamo negro. Le alcanzamos una parte y lo prueba. Es curioso y lo observamos descubrir la textura nueva. El bebé come una papilla color naranja, está contento y se tira encima de las cucharas que están en camino hacia su boca.
Al terminar, me acerco a una especie de mesada que hay sobre una de las paredes y dejo los platos. Todo ese cuarto tiene mosaicos blancos y noto que casi toda la escena es en colores neutros excepto la comida del bebé. A mí derecha, noto un paquete con zanahorias del naranja más estridente que haya visto. Las zanahorias son enormes, coloridas y perfectas; contrastan con el resto del espacio como si fuera un elemento que pertenece a otro momento o lugar. Me despierto.