El mundo tal cual lo conocí, no existe más. En el fondo de la casa de mi abuela materna, habita esta nueva realidad donde mi cuerpo y el de todas las mujeres que me rodean son esbeltos, rozando la perfección de los estándares de las revistas de moda de la década de los 90's. Para ser más gráfica: todas somos flacas y largas. Nuestras vestimentas se componen de dos piezas, falda irregular y una especie de top que se ata detrás del cuello. Las prendas son estratégicas, así nuestras necesidades fisiológicas se concretan en el menor tiempo posible y el top nos sostiene las tetas para que no duelan ni estorben, llevamos el pelo atado a la misma altura dejando descubierta la cara, estamos descalzas. Somos funcionales a una rutina custodiada por un séquito de hombres. Hombres uniformes y uniformados que mantienen distancia. Nunca nos miran a los ojos. Maliciosos y rufianes. La regla es acatar la orden o doblegarse.
Cada determinado tiempo, que desconozco porque perdí la noción de este, suena una alarma y dejamos nuestras tareas para encerrarnos en unas cápsulas que se llenan de oxígeno cuando se cierran. No tenemos en claro qué pasa fuera de las cápsulas. Al principio me costó muchísimo acostumbrarme a dejar todo en seco pero rápidamente entendí que la que no entra, no vuelve.
Tenemos un descanso para almorzar, estamos en un comedor con muchas mesas y bancos. Todo es blanco o plateado, como nuestras prendas que nunca se manchan. Me siento confundida porque tengo una sensación de estar en el fondo de la casa de mi abuela pero todo es diferente, tal vez sea porque estoy en el futuro o en una realidad paralela. Compartimos la mesa, las chicas de siempre. Hablamos entre nosotras sin levantar mucho la cabeza ni hacer movimientos bruscos. Estamos sentadas en los bancos con la espalda recta y apoyamos los pies sobre las puntas de los dedos en el piso frio. Reconozco manzanas, jugos frutales, sánguches, frutos secos, botellas de agua. Nadie comparte ningún alimento, está prohibido. Nos sonreímos sin llamar la atención de los uniformados. Se prende una luz roja, nuestro recreo finalizó.
En filas, nos preparamos para volver y retomar las tareas. Una vez ubicadas, nos miramos a los ojos entre las 3 mujeres de mi sector para comenzar la tarea coordinadas. El ritmo coordinado en obligatorio. Giramos las herramientas con movimientos precisos de muñecas y cuando nos disponemos a bajarlas para dar el batacazo, suena la alarma. No tengo noción del tiempo pero estoy segura de que está vez suena antes. Estoy segura porque los uniformados nos están mirando mientras se dan codazos y rien. Dejo mis cosas y salgo corriendo pero me vuelvo a ayudar a mi compañera que no pudo erguirse de inmediato. Uno de los uniformados me grita que eso está prohibido. Nunca me habían dirigido la palabra.
La alarma dispara luces y sonidos cada vez más fuertes y ensordecedores. Corremos las dos y jadeamos de lo intenso que es el pique. El clima se vuelve helado cuando cuando nos acercamos a las cápsulas, no llegamos a ocupar una cada una. Las dos corremos hacia la misma. Se escuchan los gritos desesperados de las otras compañeras llorando y pidiendo que lleguemos a tiempo. Cierro los ojos y corro mientras grito. Escucho capsulas cerrarse, quedan pocos segundos. Le gritó dale a mi compañera que corre detrás mio. Escucho la angustia en su voz cuando me devuelve "no llegamos". La última capsula abierta, siento que estoy cerca pero no llego. Corro porque se que mi vida depende de ellos aunque no esté segura de qué pasa fuera de ella. Sé que no voy a volver si no llego. Sigo corriendo. Sé que los uniformados se rien aunque no pueda escucharlos ni verlos, simplemente lo sé. La cápsula se va cerrando y entramos con mi compañera estampandonos contra la pared del fondo y tocamos el botón que permite la entrada de oxígeno. No funciona, está trabado. La puerta grande no funciona, la cápsula tiene una puerta de dos hojas con vaivén a la altura del torso que deja al descubierto las piernas y la cabeza. El frío avanza cada vez más, me siento en alerta. Escucho los golpes de las chicas que están adentro de las otras cápsulas pidiendo por nosotras. Los segundos se pasan lentos y el suspenso es tenebroso. No sabemos qué pero algo va a suceder.
Nos agarramos de la mano y ahí lo vemos, a lo lejos. Sentado solo en uno de los bancos que están en el comedor. Su pelaje largo es blanco, sus manos y pies son color de color marrón. Lleva las uñas largas y sucias. Está almorzando no sé bien qué, no logro distinguir porque el miedo me paraliza. Veo mi aliento adelante de mi cara, jadeo tratando de recuperarme. Tomó la mano de mi compañera que me abraza desesperada por sentir un poco de calor humano. Cuando le pido que se calle y cerremos la cápsula, este ser de contextura enorme se gira hacia nosotras y me mira directo a los ojos. Siento terror. Su rostro es algo así como la costra roja de una lastimadura con dos botones negros por ojos.
Empiezo a tocar todos los botones, golpeó las paredes de la cápsula y nada funciona. El monstruo se levanta del banco, aparatoso, tosco. Empiezo a gritar y pido que me cierren la cápsula por favor. Que no me quiero morir. Estoy 100% segura de que se levantó para acercarse a nosotras y aniquilarnos. Lo sé porque nunca sentí miedo así. Dale boluda le grito a mi compañera que llora derrotada. Un paso de este monstruo son 5 pasos nuestros. Necesito apurarme y cerrar la puerta. Grito desesperada. Él corre más rápido. Separo a mis compañera de mi cuerpo y le digo que nos tenemos que salvar de alguna forma u otra. El monstruo está cada vez más próximo, siento sus pisadas sobre el suelo. Qué resta hacer? Sigo probando todos los botones, el monstruo está bloqueando la cápsula, puedo sentir el olor agrio de su pelaje y el azufre que emana de su boca. Mete un brazo por debajo del hueco y toma una pierna de mi compañera. Gritamos. Veo el terror en los ojos de mi compañera que desaparece por el tirón que da el monstruo. Me quedo en silencio derrotada y la escucho gritar. Me despierto.
