forma humana
Me despierto en mi cama porque escucho movimiento en el departamento. La luz del baño está prendida, se apaga y pasa alguien del baño hacia el living. A mi izquierda, mi bebé en la cuna; a mi derecha, mi marido. Los dos duermen de costado, mirándome hacia mí. Por debajo de la puerta que separa el living de los espacios íntimos, entra luz y se escuchan pasos. Lo sacudo a mi marido para que despierte rápido, no lo consigo. Sigo intentando, tratando de no despertar al bebé, advirtiéndole que alguien entró a casa. Se levanta de la cama con un disparo. Los dos nos paramos al lado de la cuna a ver al bebé que duerme pacíficamente, nos agarramos de la mano y caminamos hacia la puerta para enfrentar lo que sea. Entendemos que una vez que crucemos el umbral, es lo que esté del otro lado de la puerta o nosotros. Seguimos de la mano, tensionados, con miedo pero seguros. Abrimos la puerta y lo que está del otro lado no es conocido. No es nuestro living. El espacio cambia. Ya no hay ventanal, ya no hay cortinas, ya no hay sillón, plantas, mesa y sillas. Hay una habitación infinitamente larga. Las paredes son amarillas, el espacio parece enfermo. No hay puerta de salida. A la derecha hay puertas de armario, todo es del mismo color. Solo alumbra una foco de pocos watts, la luz también es amarilla y enferma. La primer puerta de armario se cierra cuando descubrimos el espacio. Detrás de la puerta hay una forma humana, parada en dos patas largas con los brazos colgando a los costados. Tiene la piel amarilla y enferma. Le brillan los ojos tristes y ojerosos. Tiene dientes largos, puntiagudos, llenos de sangre. Me pregunto que habrá estado buscando en esa puerta pero ahora no es el momento, tenemos que impedir que llegue a nuestro bebé. Intercambiamos miradas con mi marido y decididos, cruzamos. No es una opción que el miedo nos paralice. Me despierto. A mi izquierda, mi bebé en la cuna; a mi derecha, mi marido. Los dos duermen de costado, mirándome a mí.
