Tengo a mi bebé en brazos, estoy alimentándolo con mamadera. Nos miramos a los ojos, como siempre que lo alimento. Nos regalamos miradas y sonrisas. Nos acompañamos. Nos tenemos el uno al otro y eso es motivo de felicidad. Habitamos la ternura.
De un momento a otro, mi bebé se escurre entre mis brazos; adopta forma líquida, cristalina, inasible. Me pongo en estado de alerta y miro mis manos que se cierran sin nada adentro, mi falda vacía. Bajo la mirada inmediatamente a mis pies. Ahí lo veo, en el suelo, cómodo y divertido, con su forma original sonriendo jocoso. Me despierto.
