grito mudo

Voy en moto por una avenida ancha. No distingo si amanece o cae el sol por la tarde. Estoy en el asiento de atrás, cómoda, alegre. Viajo abrazada a un hombre que me es familiar, su espalda es tan ancha que no entra en mis brazos. Tengo mucho cariño pero él a pesar de no estar segura de quién es. Las luces de la calle tienen un toque especial, algo así como poético. El rosa y azul del cielo se enriedan. El clima es agradable, lo sé porque llevo prendas livianas. El viento me despeina. A veces me gusta abrir las manos para que el viento pase entre mis dedos. Toda la escena es placentera hasta que deja de serlo. 
Veo a dos hombres en el medio de la calle que nos señalan. Dos hombres robustos, sólidos. Desafiando la lógica, nos persiguen a pie dando patadas a las ruedas de la moto. Siento el primer sacudón. Trato de pedir ayuda pero mi grito es mudo. Nos siguen corriendo y siento el segundo sacudón. Pierdo el equilibrio y siento la caída. Ahora todo pasa en cámara lenta, hasta tocar el asfalto. Me despierto. 



pantera

Abro la puerta del ascensor. Las dimensiones son reducidas, entran dos personas que se invaden mutuamente los espacios personales, o tres rozando los brazos. El ascensor tiene espejos en 3 caras, dos enfrentadas que causan ese efecto de infinito. Doy un paso hacia ese espacio que ahora se elonga y da lugar a una pantera negra que entra inmediatamente después de mi.
El animal y yo estamos en calma, convivimos en armonía los segundos que compartimos. Es una pantera potente y mansa. Su pelo es brillante, sedoso, magnético. 
Llego a mi piso y cuando salgo, la pantera me sigue. La miro de reojo. Cuando estoy abriendo la puerta del departamento, me doy cuenta que está a mis espaldas y desconfío. Qué quiere? 
Entro a mi departamento en un movimiento rapido y cuando quiero cerrar, me lo impide con el ocico. No quiero que entre y hago fuerzas para cerrar la puerta. Logro cerrar a pesar de que solo en sueños podría superar la fuerza de semejante animal. 
Echo un ojo por la mirilla y ahí sigue. Con su mansedumbre, caminando de un lado a otro. Con la cola mueve las hojas de la planta que está en el palier.
Abro un centímetro la puerta y entra. Siento el peligro y salgo del departamento. La dejo sola atrapada. Me despierto. 

peceras

El espacio es oscuro y húmedo, las paredes son verduscas, resbaladizas; estoy segura de encontrarme en una cueva submarina aunque nunca haya estado una en la vida real. Camino por sus recovecos llenos de charcos y lo que parecieran ser peceras naturales. Mis pasos hacen eco. Veo gente a lo lejos, detrás de rejas cerradas por llaves. Los conozco? Tal vez no, sin embargo me detengo a ver una mujer con un vestido rojo brillante. Quiero pasar del otro lado pero algo/alguien me lo impide. Me escapo. 
Llego a otro recovecos. Ante mis ojos, una pecera natural con agua turbia y poca iluminación. Dentro de esta pecera hay un hombre, no reconozco su cara, no conozco muchos hombres rubios en la vida que vivo con los ojos abiertos; seguro es alguien que construyó mi inconsciente. Este hombre se mueve en el agua turbia, se despereza, gira sobre su propio eje, es uno con el agua; sus movimientos son ligeros, fluidos, delicados. Los observo detenidamente y el agua, que antes era turbia, ahora brilla. Me despierto. 

escurridizo

Tengo a mi bebé en brazos, estoy alimentándolo con mamadera. Nos miramos a los ojos, como siempre que lo alimento. Nos regalamos miradas y sonrisas. Nos acompañamos. Nos tenemos el uno al otro y eso es motivo de felicidad. Habitamos la ternura. 

De un momento a otro, mi bebé se escurre entre mis brazos; adopta forma líquida, cristalina, inasible. Me pongo en estado de alerta y miro mis manos que se cierran sin nada adentro, mi falda vacía. Bajo la mirada inmediatamente a mis pies. Ahí lo veo, en el suelo, cómodo y divertido, con su forma original sonriendo jocoso. Me despierto. 

forma humana

Me despierto en mi cama porque escucho movimiento en el departamento. La luz del baño está prendida, se apaga y pasa alguien del baño hacia el living. A mi izquierda, mi bebé en la cuna; a mi derecha, mi marido. Los dos duermen de costado, mirándome hacia mí. Por debajo de la puerta que separa el living de los espacios íntimos, entra luz y se escuchan pasos. Lo sacudo a mi marido para que despierte rápido, no lo consigo. Sigo intentando, tratando de no despertar al bebé, advirtiéndole que alguien entró a casa. Se levanta de la cama con un disparo. Los dos nos paramos al lado de la cuna a ver al bebé que duerme pacíficamente, nos agarramos de la mano y caminamos hacia la puerta para enfrentar lo que sea. Entendemos que una vez que crucemos el umbral, es lo que esté del otro lado de la puerta o nosotros. Seguimos de la mano, tensionados, con miedo pero seguros. Abrimos la puerta y lo que está del otro lado no es conocido. No es nuestro living. El espacio cambia. Ya no hay ventanal, ya no hay cortinas, ya no hay sillón, plantas, mesa y sillas. Hay una habitación infinitamente larga. Las paredes son amarillas, el espacio parece enfermo. No hay puerta de salida. A la derecha hay puertas de armario, todo es del mismo color. Solo alumbra una foco de pocos watts, la luz también es amarilla y enferma. La primer puerta de armario se cierra cuando descubrimos el espacio. Detrás de la puerta hay una forma humana, parada en dos patas largas con los brazos colgando a los costados. Tiene la piel amarilla y enferma. Le brillan los ojos tristes y ojerosos. Tiene dientes largos, puntiagudos, llenos de sangre. Me pregunto que habrá estado buscando en esa puerta pero ahora no es el momento, tenemos que impedir que llegue a nuestro bebé. Intercambiamos miradas con mi marido y decididos, cruzamos. No es una opción que el miedo nos paralice. Me despierto. A mi izquierda, mi bebé en la cuna; a mi derecha, mi marido. Los dos duermen de costado, mirándome a mí. 

distopia

 El mundo tal cual lo conocí, no existe más. En el fondo de la casa de mi abuela materna, habita esta nueva realidad donde mi cuerpo y el de todas las mujeres que me rodean son esbeltos, rozando la perfección de los estándares de las revistas de moda de la década de los 90's. Para ser más gráfica: todas somos flacas y largas. Nuestras vestimentas se componen de dos piezas, falda irregular y una especie de top que se ata detrás del cuello. Las prendas son estratégicas, así nuestras necesidades fisiológicas se concretan en el menor tiempo posible y el top nos sostiene las tetas para que no duelan ni estorben, llevamos el pelo atado a la misma altura dejando descubierta la cara, estamos descalzas. Somos funcionales a una rutina custodiada por un séquito de hombres. Hombres uniformes y uniformados que mantienen distancia. Nunca nos miran a los ojos. Maliciosos y rufianes. La regla es acatar la orden o doblegarse.

Cada determinado tiempo, que desconozco porque perdí la noción de este, suena una alarma y dejamos nuestras tareas para encerrarnos en unas cápsulas que se llenan de oxígeno cuando se cierran. No tenemos en claro qué pasa fuera de las cápsulas. Al principio me costó muchísimo acostumbrarme a dejar todo en seco pero rápidamente entendí que la que no entra, no vuelve. 

Tenemos un descanso para almorzar, estamos en un comedor con muchas mesas y bancos. Todo es blanco o plateado, como nuestras prendas que nunca se manchan. Me siento confundida porque tengo una sensación de estar en el fondo de la casa de mi abuela pero todo es diferente, tal vez sea porque estoy en el futuro o en una realidad paralela. Compartimos la mesa, las chicas de siempre. Hablamos entre nosotras sin levantar mucho la cabeza ni hacer movimientos bruscos. Estamos sentadas en los bancos con la espalda recta y apoyamos los pies sobre las puntas de los dedos en el piso frio. Reconozco manzanas, jugos frutales, sánguches, frutos secos, botellas de agua. Nadie comparte ningún alimento, está prohibido. Nos sonreímos sin llamar la atención de los uniformados. Se prende una luz roja, nuestro recreo finalizó. 

En filas, nos preparamos para volver y retomar las tareas. Una vez ubicadas, nos miramos a los ojos entre las 3 mujeres de mi sector para comenzar la tarea coordinadas. El ritmo coordinado en obligatorio. Giramos las herramientas con movimientos precisos de muñecas y cuando nos disponemos a bajarlas para dar el batacazo, suena la alarma. No tengo noción del tiempo pero estoy segura de que está vez suena antes. Estoy segura porque los uniformados nos están mirando mientras se dan codazos y rien. Dejo mis cosas y salgo corriendo pero me vuelvo a ayudar a mi compañera que no pudo erguirse de inmediato. Uno de los uniformados me grita que eso está prohibido. Nunca me habían dirigido la palabra. 

La alarma dispara luces y sonidos cada vez más fuertes y ensordecedores. Corremos las dos y jadeamos de lo intenso que es el pique. El clima se vuelve helado cuando cuando nos acercamos a las cápsulas, no llegamos a ocupar una cada una. Las dos corremos hacia la misma. Se escuchan los gritos desesperados de las otras compañeras llorando y pidiendo que lleguemos a tiempo. Cierro los ojos y corro mientras grito. Escucho capsulas cerrarse, quedan pocos segundos. Le gritó dale a mi compañera que corre detrás mio. Escucho la angustia en su voz cuando me devuelve "no llegamos". La última capsula abierta, siento que estoy cerca pero no llego. Corro porque se que mi vida depende de ellos aunque no esté segura de qué pasa fuera de ella. Sé que no voy a volver si no llego. Sigo corriendo. Sé que los uniformados se rien aunque no pueda escucharlos ni verlos, simplemente lo sé. La cápsula se va cerrando y entramos con mi compañera estampandonos contra la pared del fondo y tocamos el botón que permite la entrada de oxígeno. No funciona, está trabado. La puerta grande no funciona, la cápsula tiene una puerta de dos hojas con vaivén a la altura del torso que deja al descubierto las piernas y la cabeza. El frío avanza cada vez más, me siento en alerta. Escucho los golpes de las chicas que están adentro de las otras cápsulas pidiendo por nosotras. Los segundos se pasan lentos y el suspenso es tenebroso. No sabemos qué pero algo va a suceder. 

Nos agarramos de la mano y ahí lo vemos, a lo lejos. Sentado solo en uno de los bancos que están en el comedor. Su pelaje largo es blanco, sus manos y pies son color de color marrón. Lleva las uñas largas y sucias. Está almorzando no sé bien qué, no logro distinguir porque el miedo me paraliza. Veo mi aliento adelante de mi cara, jadeo tratando de recuperarme. Tomó la mano de mi compañera que me abraza desesperada por sentir un poco de calor humano. Cuando le pido que se calle y cerremos la cápsula, este ser de contextura enorme se gira hacia nosotras y me mira directo a los ojos. Siento terror. Su rostro es algo así como la costra roja de una lastimadura con dos botones negros por ojos. 

Empiezo a tocar todos los botones, golpeó las paredes de la cápsula y nada funciona. El monstruo se levanta del banco, aparatoso, tosco. Empiezo a gritar y pido que me cierren la cápsula por favor. Que no me quiero morir. Estoy 100% segura de que se levantó para acercarse a nosotras y aniquilarnos. Lo sé porque nunca sentí miedo así. Dale boluda le grito a mi compañera que llora derrotada. Un paso de este monstruo son 5 pasos nuestros. Necesito apurarme y cerrar la puerta. Grito desesperada. Él corre más rápido. Separo a mis compañera de mi cuerpo y le digo que nos tenemos que salvar de alguna forma u otra. El monstruo está cada vez más próximo, siento sus pisadas sobre el suelo. Qué resta hacer? Sigo probando todos los botones, el monstruo está bloqueando la cápsula, puedo sentir el olor agrio de su pelaje y el azufre que emana de su boca. Mete un brazo por debajo del hueco y toma una pierna de mi compañera. Gritamos. Veo el terror en los ojos de mi compañera que desaparece por el tirón que da el monstruo. Me quedo en silencio derrotada y la escucho gritar. Me despierto. 



visita

Estoy sentada en un sillón que no identifico. La tela del sillón tiene relieve, una textura familiar de colores desteñidos por el paso del tiempo. El sillón está en el comedor de la casa de mis abuelos paternos pero los mobiliarios no son los mismos y la disposición es diferente. 

Mi abuela se acerca a acariciar mi cara, la miro desde abajo porque estoy reclinada en ese sillón que nunca había visto en mi vida pero el tapizado no me es ajeno. Tenía puesto un saco beige, suéter rojo y collar de perlas. Llevaba sus rulos peinados y detrás del labial rojo, me sonreía. Sostenía a mi bebé en brazos y llenándolo de besos me decía "es hermoso y vos también estás hermosa, te felicito y te quiero mucho". Su voz dulce, cómo la extraño. Nos agarramos de la mano y trepé hasta darle un abrazo fuerte. Me brotaron lágrimas de los ojos y me desperté llorando por lo mucho que extraño su afecto y lo agradecida que estoy por su visita. 

Apenas entiendo que estoy de este lado, veo que mi bebé sigue durmiendo en la cuna. Observo como su pecho se infla al respirar y suspiro tranquila. Aprovecho el momento de calma para mandarle un mensaje a mi papá y le cuento que soñé con su mamá. Me cuenta que él también soñó con ella. Le pregunto qué soñó, me responde que solo recuerda que ella y mi abuelo le llenaban la cara de besos.